En el corazón sentia
aquella espina clavada,
anhelaba en tus ojos
ver el relámpago aquél
que en otros reflejaba.
Esa mirada cómplice
que no necesita palabras,
esa mirada, amiga,
quería y esperaba.
Y, de mirar, la vi un día.
ese relámpago fugaz,
aquel día estalló, mas,
no iba a mí dirigida.
Sabes qué, por ser
la destinataria, yo moriría,
pero, me contuve,
miré sin ver.
Y... arranqué la espina.